RICARDO FERRO

Gracias, Ricardo Ferro

A estas alturas está quedando claro en todo el mundo que en tiempos de covid la vida está en las vacunas, pues aunque en ciertos casos no eviten el contagio, sí reducen drásticamente los riesgos de muerte y de complicaciones extremas que obligan a los médicos a internar a los pacientes en las unidades de cuidados intensivos (UCI).

Las vacunas hoy son sinónimo de vida, de salud, de felicidad, de tranquilidad, de confianza, de esperanza, de ilusión, de futuro, de porvenir, de recuperación de empleo, de rescates empresariales, de normalización de la vida, de reencuentros, de reunificaciones familiares, de retorno a las aulas; en fin, las vacunas están en el corazón de la humanidad, aunque en todos los países subsistan minorías antivacuna.

En Colombia, con razón, el presidente Duque ha sacado pecho por la buena gestión con las vacunas que nos coloca en el honroso grupo de punta en la vacunación global y que ha permitido, aunque todavía falte, una importante reactivación. Notable tarea que amerita todo el reconocimiento para el Presidente, el ministro y su equipo.

A grandes números, Colombia, que se está acercando a los 140.000 muertos por covid-19, ya está cerca de 80 millones de dosis aplicadas, con más de 40 millones de colombianos con al menos una dosis, lo que representa cerca del 80 % de la población colombiana y alrededor de 33 millones con esquema completo de vacunación, equivalente a cerca de 65 % de los colombianos y 7,6 millones de dosis de refuerzo para un 15 % de los habitantes del país.

Pues bien, esas impresionantes cifras de vacunación, que son cifras de vida, hoy son posibles gracias a Ricardo Ferro, autor e impulsor de la ley de vacunas, quien le puso los papeles sobre la mesa al Gobierno en momentos en los que el señor ministro, algo despistado, no le concedía suficiente importancia al tema, pues estaba comprometido prioritariamente con otro proyecto de salud que impulsaba su partido político de entonces.

Luego, a regañadientes, tramitaron el mensaje de urgencia y lograron las conciliaciones necesarias gracias al liderazgo, a la persistencia y a la perseverancia de Ferro. Ya para ese momento, justo es decirlo, el ministro abrazó con entusiasmo el proyecto y decidió impulsarlo también desde su despacho, lo que fue determinante para su aprobación, contando siempre con el apoyo vertical del presidente Iván Duque.

Soy testigo presencial y en primera fila de esta historia, pues fue en esta misma columna donde desde julio de 2020 se empezó a ventilar la urgencia de tramitar una ley de vacunas que habilitara el Gobierno Nacional para adelantar la compleja operación que ha implicado el Plan Nacional de Vacunación.

Ferro lideraba entonces un juicioso equipo con conocimiento legislativo, médico y científico que había estudiado el tema minuciosamente, desde la perspectiva nacional y con las referencias del derecho internacional y las experiencias globales que hasta ese momento se habían desarrollado. Ese equipo trabajó noche y día el proyecto y lo radicó y pastoreó hasta convertirlo en la ley, sin la cual no se habrían podido comprar, ni aplicar ni distribuir las vacunas. Tampoco se habrían podido aplicar gratuitamente.

Decidí escribir esta columna, pues me pareció francamente injusto que en los días anteriores se hicieran balances jubilosos sobre el primer año de vacunación, donde muchos sacaron pecho cobrando sus contribuciones –todas importantes, sin duda, y necesarias–, pero ignoraron al verdadero gestor de este proceso, el laborioso Ricardo Ferro, representante a la Cámara por el Tolima y hoy aspirante al Senado de la República con el número 22 en el Centro Democrático. (Ojo con el 22, dijo Uribe, ¿no?)

Gracias, Ricardo Ferro. Gracias por su trabajo y por las vacunas.

Medio de comunicación: El Tiempo

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